En Colombia se ha vuelto costumbre escuchar a periodistas quejarse —con razón— de la pérdida de respeto por el oficio. Se habla de precariedad laboral, de salarios bajos, de empresarios que no valoran el trabajo periodístico y de instituciones que prefieren rodearse de figuras mediáticas antes que de profesionales formados.

Pero si queremos ser honestos con la realidad, el problema no empieza afuera. Empieza dentro del mismo periodismo.

Durante años hemos visto cómo los medios abren sus micrófonos, cámaras y espacios informativos a personajes que nunca creyeron en el periodismo, que cuando estaban en el poder o en la fama despreciaban a los periodistas, los evitaban o incluso los insultaban cuando una pregunta les incomodaba. Hoy esos mismos personajes aparecen convertidos en “analistas”.

Exfutbolistas que jamás reflexionaron sobre el deporte más allá del camerino. Expolíticos que pasaron años evadiendo preguntas incómodas. Exfuncionarios que cuando tenían poder señalaban a la prensa de exagerada o irresponsable.

Ahora todos son comentaristas.

Ahora todos tienen micrófono.

Ahora todos “analizan”.

La escena se repite todos los días: cabinas de radio convertidas en tertulias sin profundidad, programas deportivos donde el análisis desapareció y fue reemplazado por gritos, ocurrencias y frases vacías; espacios informativos donde el espectáculo pesa más que el conocimiento.

Y lo más preocupante es que muchos de esos discursos no solo son superficiales: son ignorantes.

Se habla de táctica deportiva sin entenderla.

Se habla de política sin contexto.

Se habla de sociedad sin conocimiento.

El resultado es un ruido permanente que empobrece el debate público.

Pero aquí aparece la pregunta incómoda: ¿quién permitió que esto ocurriera?

La respuesta es dura, pero necesaria: los propios periodistas.

Porque hemos guardado silencio.

Porque hemos permitido que el micrófono se convierta en un escenario para la fama y no para el conocimiento. Porque hemos aceptado que el rating mande más que el criterio. Porque muchos colegas prefieren acomodarse al sistema antes que defender la esencia del oficio.

Mientras tanto, jóvenes periodistas formados, con estudios, con herramientas de análisis y con vocación por el periodismo, siguen tocando puertas que nunca se abren.

Y es ahí donde el problema deja de ser una discusión mediática y se convierte en una crisis ética.

No es serio que un país que necesita más periodismo termine reemplazándolo con improvisación.

No es serio que el análisis sea sustituido por el espectáculo.

No es serio que el criterio sea reemplazado por la popularidad.

Las redes sociales agravaron el problema, es cierto. Hoy cualquiera puede abrir un canal, prender una cámara y opinar sobre todo. Eso es parte de la libertad de expresión.

Pero el periodismo es otra cosa.

El periodismo exige contexto.

Exige método.

Exige responsabilidad.

Exige formación.

Cuando un medio decide poner un micrófono frente a alguien que no tiene ninguna de esas herramientas, no está innovando: está degradando el oficio.

Y lo más preocupante es que muchos de los que hoy dirigen medios o toman decisiones editoriales son periodistas que saben perfectamente lo que está pasando.

Pero lo permiten.

Lo toleran.

Lo normalizan.

Entonces la pregunta final no es solo quién debe ponerle el “tatequieto” a esta situación.

La pregunta real es otra:

¿El periodismo colombiano todavía quiere defender su oficio, o ya se resignó a que cualquiera juegue a ser periodista?

Porque si el micrófono se convierte en un juguete para la fama, el periodismo deja de ser un servicio público.

Y cuando el periodismo se debilita, lo que pierde no es solo un gremio. Pierde el país.


Por: Luis Carlos Rodríguez Peralta. Presidente Acord Quindío

Foto: Generada con Inteligencia Artificial / Nano Banana