En las cabinas ya no suena el gol.
El silencio reemplazó el rugido que antes atravesaba la ciudad desde un transistor viejo en la cocina, desde el taxi en la avenida, desde el taller mecánico donde el partido era religión de fin de semana. La AM, esa frecuencia que narró generaciones enteras, comenzó a apagarse… y con ella, muchas voces.
No fue un pitazo final. Fue más bien un murmullo largo, una estática que se fue tragando programas deportivos completos. Las emisoras cerraron primero los espacios menos rentables, luego redujeron nóminas, y finalmente bajaron la cortina. La frecuencia modulada sobrevivió. Las plataformas digitales crecieron. Pero la radio AM, la de la épica sin filtros, empezó a convertirse en memoria.
En Colombia, cadenas históricas como RCN Radio y Caracol Radio redujeron su presencia en amplitud modulada en varias regiones. En ciudades intermedias, las emisoras deportivas independientes simplemente dejaron de transmitir. Y con cada cierre, hubo periodistas que quedaron fuera del aire y del mercado.
Ellos eran, paradójicamente, los dueños del balón.
Narradores que aprendieron a cantar goles sin teleprompter. Comentaristas que analizaban un fuera de lugar con la misma pasión con la que discutían temas de ciudad en una esquina. Reporteros de camerino que esperaban bajo la lluvia una declaración de cinco segundos que justificara tres horas de transmisión.
Muchos comenzaron en la radio comunitaria, otros heredaron el oficio de sus padres. Algunos cubrieron finales del fútbol colombiano cuando los estadios aún se llenaban sin necesidad de redes sociales. Pero el negocio cambió. La pauta migró. El algoritmo desplazó al dial.
Hoy varios de ellos transmiten desde sus casas con micrófonos comprados a crédito. Otros crearon canales en redes sociales donde el “me gusta” no siempre paga la factura. Algunos, simplemente, guardaron los audífonos en una caja.
La ironía es brutal: nunca hubo tanto fútbol, pero nunca fue tan difícil vivir de contarlo.
El cierre de emisoras AM no solo significa la desaparición de una frecuencia; es el debilitamiento de un ecosistema. La radio deportiva era escuela, era cantera. Allí se formaban narradores, allí se pulía el análisis, allí se cometían errores en vivo que enseñaban más que cualquier diplomado.
En departamentos como los del Eje Cafetero, donde la radio sigue siendo compañía cotidiana, el impacto fue doble: se perdió empleo y se perdió identidad. Porque la radio AM no era solo un medio; era el estadio portátil de quienes no podían pagar boleta.
Hoy los “dueños sin balón” caminan por la ciudad con el oído atento a un partido que ya no narran. Algunos reinventándose. Otros resistiendo. Todos entendiendo que el oficio cambió, aunque la pasión no.
Tal vez el futuro no esté en el dial sino en la multiplataforma. Tal vez el relato ahora viva en streaming. Pero algo es cierto: mientras haya alguien dispuesto a cantar un gol con el alma, el periodismo deportivo no estará muerto, solo estará buscando otra frecuencia.
Por: Mauricio Echeverri Echeverri, socio Acord Quindío
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