El lunes pasado me vi el partido entre Deportivo Pereira y Alianza en Yopal. Y hubo una imagen que se me quedó dando vueltas: Arturo Reyes, el técnico del Pereira, en la línea, tranquilo, casi inmóvil. Sí, se le veía preocupado, como golpeado por el momento del equipo, pero contenido, sereno, casi ajeno al partido.

Y claro, ahí es donde aparecen los estilos. Hay técnicos así, pausados, que viven el fútbol desde la calma. Y está bien, es su forma, pero a mí, la verdad, eso no me gusta.

Tal vez porque a mí me marcó otro tipo de técnico, tal vez porque a mí me tocó ver al ‘Pecoso’ Castro.

Porque cuando uno habla del Deportes Quindío y del ‘Pecoso’, no está hablando solo de resultados, está hablando de una manera de sentir el fútbol. El ‘Pecoso’ parecía de mal genio. Y sí, lo era, pero era mucho más que eso.

Recuerdo cuando yo estaba empezando en esto, recién llegado a mi primer trabajo como periodista en El Tiempo. Fui a cubrir un entrenamiento del Quindío en el Centenario para hacerle una nota. Él estaba en la mitad de la cancha hablando con su cuerpo técnico y yo, por respeto, decidí no interrumpir. Esperé 10 o 15 minutos.

Cuando terminó la charla previa al entrenamiento, fue al banco técnico y ahí sí me le acerqué:

—Profe, ¿me regala unos minutos?

Me miró enojado:

—¿Cómo así? Usted llegó hace rato, tuvo 20 minutos para pedirme la entrevista y ahora que voy a empezar el entrenamiento sí aparece. No, no, no.

Yo, nervioso, le expliqué que no quise interrumpirlo. Me dijo:

—Espéreme que termine el entrenamiento.

Y cumplió.

Cuando acabó, me dio 40 minutos; tranquilo, cercano, generoso. Ese día entendí algo vital en el periodismo: los tiempos del otro, saber cuándo y cómo entrar.

Ese era el Pecoso.

El mismo que sacó al volante Juan Camilo Vela de un entrenamiento por no usar canilleras. El muchacho, entre lágrimas, reclamaba. Y el Pecoso, firme, le decía que era un descarado, un irresponsable, porque no solo ponía en riesgo su integridad, sino el futuro y los sueños de toda su familia.

El mismo que, cuando el equipo perdía, no permitía música en el bus. Había que hacer duelo, había que sentir la derrota, porque perder no podía ser normal.

El mismo que dirigía como si jugara, que gritaba, que corregía, que se desesperaba, que se metía en el partido como uno más.

Y también el mismo que un día, en pleno Centenario, mientras un hincha en occidental le gritaba todo el partido ‘¡Pecoso, saque a ese jugador!’, se volteó y le respondió:

—¡’Pecoso’ su madre!

Hoy eso puede escandalizar a muchos, sin duda eran otros tiempos. Pero eso también era carácter, el mismo con el que no dejaba que le impusieran jugadores, el mismo con el que devolvía futbolistas si les sentía olor a trago.

Era un tipo con criterio, con límites, con convicciones.

Por eso, entre la calma que no dice nada y la intensidad que incomoda, yo lo tengo claro, a mí siempre deme un ‘Pecoso’.

Y si alguien cercano a él llega a leer esta columna, hágale un favor al fútbol y pásele estas líneas. Porque en el Quindío, el Pecoso no es solo un técnico que pasó, es un hombre que se quedó, un anhelo constante que no desaparece.

Por: Jhon Mario Zuluaga Morales. Socio Acord Quindío

Foto: Redes Sociales (imagen adaptada con IA)