Deportes Quindío tiene fútbol, tiene ideas y, por momentos, tiene identidad. En la base titular se ve un equipo que intenta asociarse, que propone desde el orden y que encuentra en la once inicial un grupo de jugadores comprometidos con el objetivo de ascender a la primera A. Sin embargo, hay una grieta que se abre cada vez que el partido entra en su tramo decisivo: los cambios. Lo que debería ser impulso termina siendo freno, y el equipo pierde intensidad, claridad y, sobre todo, confianza.
El fútbol, por esencia, es colectivo. Pero en medio de esa caída progresiva, Joao Rodríguez ha querido ponerse el traje de salvador, asumiendo responsabilidades que terminan aislándolo del circuito de juego. Su intención es loable, pero el efecto es contrario: el equipo se parte, se desconecta y pierde la armonía que lo hace competitivo. Cuando el balón deja de circular y se vuelve predecible, el rival crece y el Quindío se diluye.
El mayor problema, sin embargo, parece estar en el recambio. Jugadores como Chala, Arango, Córdoba, Ibargüen y otros más no han logrado cambiar el ritmo de los partidos ni ofrecer soluciones reales desde el banco. Lejos de competir por un lugar, transmiten una sensación de comodidad peligrosa, como si el rol de suplentes fuera suficiente. En un torneo que exige profundidad y carácter, esa falta de respuesta pesa demasiado.
Con dos partidos por delante —ante Atlético de Cali y Tigres de Bogotá— el técnico Harol Rivera tiene una tarea urgente: encontrar respuestas antes de que arranquen los cuadrangulares en menos de 20 días. No se trata solo de ajustar nombres, sino de reconstruir la confianza del grupo y exigir una verdadera competencia interna. Porque si el banco no empuja, el proyecto se estanca. Y en el fútbol, quedarse quieto es empezar a perder.

Por: Gustavo Rendón Ríos. Socio Acord Quindío
Foto: Jerson Marín. Socio Acord Quindío
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