En el corazón del Eje Cafetero, la ciudad de Armenia se ha venido consolidando como un escenario privilegiado para el turismo deportivo. No es una casualidad. Su geografía, su clima y la hospitalidad de su gente la convierten en un destino ideal para competencias de atletismo que convocan a cientos —y a veces miles— de corredores, tanto nacionales como internacionales.
La Gobernación del Quindío, la Alcaldía de Armenia, junto con entidades públicas y privadas, han entendido el potencial de estas iniciativas. Media maratón, cuartos de maratón y múltiples eventos atléticos se han transformado en vitrinas que proyectan al departamento del Quindío ante el país y el mundo.
Sin embargo, detrás del auge del turismo deportivo, surge una pregunta incómoda pero necesaria: ¿a quién están beneficiando realmente estos esfuerzos?
Porque mientras se invierten recursos importantes en eventos puntuales —muchas veces concentrados en la organización de carreras que terminan favoreciendo intereses particulares más que colectivos—, la realidad cotidiana del deporte en la región cuenta otra historia.

Basta madrugar cualquier día de la semana. Recorrer la Avenida Centenario, acercarse a los alrededores de la Universidad del Quindío o tomar rutas como la Autopista del Café rumbo a Salento. Allí, lejos de los reflectores, se evidencia una masiva cultura deportiva espontánea: corredores, ciclistas, grupos pequeños y grandes que, sin patrocinio ni logística, sostienen con disciplina el verdadero músculo del deporte regional.
No es una exageración. En una sola jornada matutina, se pueden contar fácilmente entre 500 y 600 personas entrenando. Hombres y mujeres que, sin puntos de hidratación, sin señalización, sin acompañamiento institucional, le apuestan a su salud y al deporte por convicción propia.
Y es ahí donde el contraste se hace evidente.
Mientras algunos eventos cobran inscripciones que oscilan entre los 150.000 y 300.000 pesos, y concentran recursos significativos, esos mismos deportistas —los de todos los días— entrenan en condiciones básicas. Sin apoyo. Sin reconocimiento. Sin inversión real.
Y esa invisibilidad no solo afecta a los deportistas. Afecta también a quienes usan el deporte como herramienta de impacto social.
Pero hay otro elemento que merece entrar con fuerza en esta discusión: el papel social del deporte. En el Quindío existen hospitales, clínicas y fundaciones que organizan sus propias carreras atléticas con un objetivo mucho más profundo que la simple competencia: recaudar recursos para fortalecer la atención en salud, ampliar coberturas y garantizar que quienes más lo necesitan puedan acceder a servicios dignos.
Hoy, muchas de estas entidades enfrentan dificultades económicas. Y paradójicamente, somos los mismos ciudadanos quienes, ante las fallas del sistema, cuestionamos la calidad del servicio. Pero la pregunta es directa: ¿estamos apoyando realmente a estas instituciones que buscan sostenerse y mejorar, o estamos destinando nuestros recursos a eventos que benefician a intereses individuales?
El deporte también es solidaridad. También es comunidad. Y en ese sentido, apoyar carreras con fines sociales debería ser una prioridad tanto para los ciudadanos como para las administraciones.
A esto se suma un problema que no puede seguir siendo ignorado: la seguridad. Corredores y ciclistas que transitan vías como el corredor entre Armenia, La Tebaida y el sector de El Alambrado se exponen diariamente a un alto riesgo. Se trata de una vía con tráfico constante de vehículos y transporte de carga pesada, donde la ausencia de señalización adecuada y de puntos de apoyo convierte cada entrenamiento en una apuesta peligrosa.
El ejemplo está ahí, todos los días, a la vista de cualquiera que quiera mirar.
No se trata de desestimar los eventos. Por el contrario, son necesarios y valiosos. Pero sí de replantear el enfoque. El deporte no puede reducirse a una vitrina ocasional ni a un negocio de pocos.
Ejemplos positivos existen. La ciclovía de Armenia demuestra que con una inversión moderada se puede generar un impacto masivo. Cada fin de semana, miles de ciudadanos la aprovechan. Es un espacio vivo, democrático, incluyente. Un modelo que merece fortalecerse y replicarse.

La reflexión es clara: el verdadero desarrollo deportivo no está únicamente en organizar grandes carreras, sino en apoyar a quienes hacen del deporte un hábito diario y en respaldar aquellas iniciativas que tienen un impacto social real.
Señores dirigentes: ¿qué pasaría si parte de esos recursos se destinaran a puntos de hidratación permanentes? ¿A señalización segura? ¿A acompañamiento técnico y logístico para los deportistas que entrenan cada semana? ¿A fortalecer eventos que benefician a hospitales y fundaciones?
Armenia ya tiene lo más importante: su gente. Una comunidad activa, comprometida y creciente.
Ahora falta que las instituciones corran al mismo ritmo… y en la misma dirección.
Por: Luis Carlos Rodríguez Peralta. Presidente Acord Quindío
Fotos: Running Colombia
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