"La humillación bajo el mando de quienes asumen la dirección como una licencia para el ultraje, no es 'carácter fuerte' es maltrato laboral tipificado en la Ley 1010 de 2006. Cuando una autoridad utiliza la palabra, un gesto o lenguaje no verbal despectivo para invalidar la trayectoria de un colega, está rompiendo el tejido social de la organización y vulnerando el derecho constitucional a la dignidad. No se puede liderar los entornos mientras se asedia la salud mental de quienes los sostienen".
El reciente episodio viral de los dos reconocidos periodistas del país ha encendido un debate que trasciende las pantallas y nos obliga a preguntarnos: ¿dónde termina la confianza y comienza la humillación?.
Las estadísticas hablan por sí solas, siendo el acoso psicológico la forma más común. El Ministerio del Trabajo según reportes históricos de la Dirección de Inspección, Vigilancia y Control, entre el 60 % y el 70 % de las quejas por acoso laboral en Colombia corresponden a acoso psicológico y maltrato verbal.
En un segundo lugar están las de la gama de género, ya que investigadores de la Universidad Nacional de Colombia (2023) y estudios sectoriales indican que, aunque el acoso suele verse de hombres hacia mujeres, el fenómeno de la competencia intragénero o el acoso entre mujeres en posiciones de poder ha mostrado un incremento en los reportes de persecución laboral.

En el mundo laboral, solemos normalizar conductas bajo el disfraz del clima de confianza o la exigencia del oficio, pero desde la neuropsicología el cerebro no distingue, la mayor parte del tiempo y en una población promedio que no entiende de sus derechos, entre una broma pesada y una agresión directa cuando la dignidad está en juego.
Y es que cuando una persona, sin importar si es profesional, técnica, empírica es sometida a situaciones de descalificación pública o indiferencia sistemática, la farmacia interna de su cerebro como mecanismo de defensa, deja de producir las sustancias químicas conocidas como el ‘cuarteto’ de la felicidad: dopamina, oxitocina, serotonina y endorfinas, para inundarse de cortisol, convirtiéndose en un estrés agudo, hasta transitar a un burnout o el conocido ‘síndrome del quemado’, es decir el sujeto que no tiene ánimos de tan siquiera levantarse, sin motivación, porque su cuerpo rechaza categóricamente y de forma aversiva, exponerse a su ‘perpetrador’.
Este estrés crónico no solo afecta el rendimiento; erosiona la identidad profesional y el autoconcepto. El acoso laboral, en cualquiera de sus formas, es una interferencia neurobiológica que apaga la creatividad y enciende el modo de supervivencia.
En mi columna anterior hablaba del ‘podio invisible’ de la salud mental. Hoy, ese podio se disputa en cada una de las oficinas del territorio nacional, en los sets de grabación y en las aulas. Prevenir el acoso no es solo tener un comité de convivencia o un manual de procedimiento; es entender que el liderazgo se mide por la capacidad de potenciar al otro, no de minimizarlo, rebajarlo en su dignidad, o con esas ínfulas de ‘micropoderes’ que algunas personas se auto nominan y ejercen cuando se sienten amenazadas por el brillo o el profesionalismo de otros.
En mi rol como periodista deportiva y como docente, he sido víctima de acoso laboral (mobbing) y aunque reconozco los protocolos, he sido vulnerable frente al poder blindado al que apelan l@s ‘bullies’, siendo una conducta de impunidad y revictimización institucional.
En consecuencia, muchos no solo hemos enfrentado conductas de acoso sistemático, sino una arquitectura de impunidad donde las redes de influencia de la jefatura anularon los mecanismos de protección institucional, convirtiendo la búsqueda de justicia en un proceso de revictimización.
Lo anterior se evidencia en lo vivido en el Canal de Televisión, la efectividad de las rutas de alerta muchas veces se ven comprometidas por un ejercicio asimétrico del poder, donde el capital social y las conexiones políticas de los agresores prevalecieron sobre la evidencia técnica y el derecho fundamental al trabajo digno.

Así las cosas, es muy doloroso reconocer que, en muchas de nuestras instituciones, los manuales de convivencia se convierten en un papel mojado frente a la ley del silencio como privilegio del acoso ejercido con nombre de mujer o de hombre, que se ha blindado tras cortinas de influencia que hacen que la alerta de la víctima se pierda en el eco de la indiferencia institucional. No es falta de pruebas, es exceso de complicidad.
Por ello, es importante tener en cuenta las señales y alertar de acuerdo con la Ley 1010 de 2006. Pero también la prevención del acoso laboral, que debe ser un mandato, la cual debe comenzar con la alfabetización emocional.
Necesitamos entornos donde la comunicación sea asertiva, no reactiva, puesto que las diferencias conceptuales pueden ser sanas, pero la falta de respeto puede ser patológica enmascarando ‘narcisismos’ disociales.
También, se debe educar sobre el hecho de que se rompa el pacto del observador ya que quien calla en el maltrato ajeno, valida la conducta del perpetrador. Y lo más importante, y lo dejo resaltado y en negrilla: que se humanice la jerarquía, porque los cargos son funciones, no licencias para la vulneración.
Habitar un cuerpo y una profesión debe ser un acto de alegría, no de resistencia. Por eso, que lo sucedido con los colegas del Canal de televisión sea la excusa para revisar nuestras propias prácticas y recordar que, detrás de cada trabajador, hay un ser humano cuya medicina del alma más poderosa es, simplemente, ser tratado con dignidad.

Por: Liliana Bustamante Rave. Socia Acord Quindío
Foto: Generada con Inteligencia Artificial / Nano Banana
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