Durante años, el papel de la mujer en los medios de comunicación ha sido construido entre avances visibles y silencios incómodos. Hemos pasado de ser voces secundarias a ocupar espacios de opinión, dirección y liderazgo. Sin embargo, detrás de cada logro hay historias que pocas veces se cuentan: las de mujeres que han tenido que resistir más de lo que deberían para poder permanecer.

Trabajar en medios, y en el mundo laboral en general, no debería implicar un campo de batalla, pero la realidad es que para muchas mujeres, lo sigue siendo.

No se trata únicamente de romper techos de cristal, consiste en atravesar pasillos donde aún existen miradas que incomodan, comentarios que minimizan, propuestas que condicionan y decisiones que no siempre se toman por mérito, sino por dinámicas de poder profundamente arraigadas.

El acoso, en todas sus formas, continúa siendo una sombra persistente, y no hablo solo sobre el más evidente, el sexual, sino también ese laboral disfrazado de “exigencia”, de “carácter fuerte”, de “así es este medio”, ese que cuestiona la capacidad, que pone a prueba constantemente el valor profesional de la mujer obligándola a demostrar el doble para obtener la mitad, y lo más preocupante, muchas veces se normaliza.


En los medios de comunicación, donde la palabra tiene poder, resulta contradictorio que aún existan entornos donde las mujeres deben elegir entre alzar la voz o conservar su estabilidad laboral, donde denunciar puede significar cerrar puertas, donde el talento no siempre es suficiente garantía de crecimiento.

Históricamente, a las mujeres nos ha costado más ascender, no por falta de preparación, sino por estructuras que durante años han favorecido otras voces, otras miradas, otras decisiones. Y aunque hoy hay más oportunidades, el camino sigue siendo desigual.

Pero esta no es una lucha feminista en el sentido reducido en el que muchas veces se quiere encasillar, es ante todo, una lucha derechos básicos como el respeto, la equidad, la seguridad en el entorno de trabajo, la posibilidad de crecer sin tener que negociar la dignidad, hablar de esto no es dividir, es evidenciar.

Hoy más que nunca, es necesario entender que garantizar espacios laborales seguros y justos no es un favor, ni una concesión, es una obligación.

A las jóvenes que vienen detrás que nunca les hagan creer que deben elegir entre sus sueños y su dignidad. Que el talento no se negocia, que el respeto no se mendiga y que ningún espacio, por importante que parezca, vale el precio de silenciar lo que son. Prepárense, sueñen en grande, pero háganlo desde la certeza que merecen estar allí por lo que saben, por lo que son, por lo que aportan y no por lo que alguien que se sienta con poder decida por ustedes.

Y a las mujeres que han decidido denunciar, incluso con miedo, y con todo en contra, no están solas, su voz no incomoda, su voz transforma, cada palabra que se atreven a decir abre camino para otras, rompe ciclos de silencios impuestos y cuestiona estructuras que durante años parecieron intocables.

Denunciar no es un acto de debilidad, es un acto profundo de valentía, que seguro a muchas nos faltó.

Por: Jenny Andrea Giraldo Cárdenas. Socia Acord Quindío.

Fotos: Generadas con Inteligencia Artificial / Nano Banana