Las recientes derrotas de la selección Colombia de Fútbol ante Croacia (2-1) y Francia (3-1), en su marcha preparatoria a la próxima Cita Orbital, debe darnos un matiz de importancia y de reflexión frente al hecho de que es muy bueno y necesario perder antes de dicho evento.

Y lo digo, especialmente cuando en las postmodernidades, el fútbol además de ser un deporte de alta competencia, que aglutina a miles de millones de seguidores en la tierra, es una maquinaria, una empresa que mueve millones y millones de dinero y para ratificar esto, les invito a que vean el documental de Netflix (2022) que se llama 'Los Entresijos de la FIFA' y que cada quien saque sus propias conclusiones.

A veces, los seres humanos necesitamos de esos movimientos telúricos del alma, o como los llamaban nuestros ancestros, esos 'sacudones' que nos despierten de la catatonia en la que posiblemente estamos sumidos, un síndrome neuropsiquiátrico en el que el sujeto presenta entre muchos otros síntomas, la rigidez, la inmovilidad y el estupor mental y nos aterricen a la realidad.

Y lo digo porque cohabitamos en un país en el que gran parte de la sociedad 'respira, vive y siente el fútbol' como si fuera su redención frente a las vicisitudes, en un momento histórico y trascendental por los fenómenos sociales, políticos, ambientales y económicos que atraviesa nuestra amada nación.

Y es que con la clasificación de nuestra Selección Colombia al mundial, las calles de Armenia y de todo el país se aprestan para vivenciar ese 'folclore' que nos define ante el mundo, en el que ya visualizamos los estadios donde la tricolor estará presente, inundados por una pasión desbordante en amarillo, azul y rojo. La misma pasión desbordante que, a veces, roza la delgada línea de lo irracional y en eso algunos de nuestros compatriotas, sí que son expertos.

Para el colombiano, el fútbol no es solo un deporte; es un depositario de esperanzas y, peligrosamente, un bálsamo donde buscamos ahogar las frustraciones cotidianas. Sin embargo, cuando el resultado es adverso, esa misma pasión se transforma en un juez implacable.

Y lo digo, sin tratar de posar de 'catastrofizadora' del futuro (Aaron Beck, 1986), sino, porque es necesario recordar el fantasma de USA 94 y la intolerancia social: "Aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo", una frase del poeta, ensayista y filósofo español, George Santayana (1905).

No podemos hablar de frustración en el deporte sin tocar nuestra herida más profunda como lo fue el asesinato de Andrés Escobar tras el mundial de 1994. Seguramente los 'centenials o los alfa' que emergen hoy como nuevos seguidores del fútbol no lo saben, pero este trágico evento es el recordatorio más crudo de lo que sucede cuando la sociedad carece de herramientas de gestión emocional. Como señala Seligman (2011), la resiliencia colectiva falla cuando el éxito se percibe como la única vía de validación.

Detrás de un balón se mueven fuerzas externas como el fenómeno creciente de las apuestas legales y clandestinas que añaden una presión desmedida, convirtiendo un error técnico en un 'pecado' capital frente a los intereses económicos y sociales.

Confieso que por mis múltiples ocupaciones (docente escolar, docente universitaria, neuropsicóloga y estudiante del primer año de Doctorado en Ciencias de la Educación), en los últimos años, no he tenido el tiempo suficiente para observar la Premier League, la liga argentina, la española o la colombiana.

En el recuerdo quedan aquellas idas épicas al Centenario a compartir con los colegas y a observar un buen clásico entre el Quindío y el Pereira por ejemplo, pero en ningún caso he dejado de seguir de soslayo e implícitamente a mis dos grandes amores; 'el Deportes Quindío y el América' y tampoco me he sustraído del todo del rol de periodista deportiva.


Sin embargo y retomando lo que nos convoca en esta columna, esta Semana Santa, al ver las lágrimas de los jugadores de Italia y Bolivia tras su eliminación del próximo Mundial, asistimos a una exhibición pura del sistema límbico en acción. Para un deportista de élite, la eliminación no es solo una derrota deportiva; es una ruptura del proyecto de vida, apareció en escena la forma más certera de entender la neuropsicología del llanto, es decir el secuestro de la amígdala, que según LeDoux (1999), esas lágrimas son la expresión de una amígdala que ha tomado el control ante la pérdida de un objetivo vital.

Tal como lo explicaba Damasio (1994), el peso del marcador somático, obedece al dolor físico y emocional que vemos en los rostros de los deportistas, es decir los kilogramos del 'marcador somático' de una expectativa frustrada que el cerebro procesa con la misma intensidad que un daño físico.


¿Los vieron llorando al golero Gianluigi Donnarumma y al mediocampista Sandro Tonali?. Confieso que nunca los había visto jugar ni sé a qué equipos pertenecen, me conmovieron y me sensibilizaron desde una perspectiva humana. Ellos son el reflejo de la baja tolerancia a la frustración de la otrora Campeona y como la llamaba mi gran amigo Ciro Díaz Urrego (q.e.p.d.) la poderosa 'Catenaccio' que alzó la copa en 1934 en Italia, que bajo el mandato de Benito Mussolini quien amenazó de muerte al director técnico Vittorio Pozzo si no ganaba la segunda estrella en 1938 en Francia, la de España en 1982 y la de 2006 en Alemania y hoy por hoy navegando en el dolor de haberse perdido Rusia 2018, Catar 2022 y la que se le fue como 'agua entre las manos' por repechaje con Bosnia y Herzegovina para la cita de Estados Unidos, México y Canadá (2026).

Por ello, desde mi perspectiva como neuropsicóloga y docente, es importante darle una mirada constructivista ante la presencia de la presión, de la exigencia externa de un resultado y las auto demandas internas. Debemos cuestionar si estamos viendo al deportista como un ser humano o como una 'máquina de resultados'. Para Piaget (1977), el equilibrio mental requiere procesar el fallo para evolucionar. Pero, ¿cómo puede un atleta 'acomodar' el error cuando el entorno social le exige una perfección neopositivista y absoluta? Cuando el error se castiga con el escarnio público o algo peor, se anula la zona de desarrollo próximo y se instala el miedo.

Prueba de lo anterior, fueron los 'sanguinarios' titulares de la prensa especializada de Italia del día miércoles y aunque culturalmente distantes pero no difieren mucho, los de los medios bolivianos también.

Desde la evidencia científica, es importante y fundamental, el entrenamiento mental en estrategias para fortalecer la Corteza Prefrontal frente al ruido externo. Lo anterior, me lleva a revisar crítica y argumentativamente, cuántos clubes de fútbol profesionales cuentan con psicólogos deportivos, posiblemente sin acceder a las bases de datos, podría decir que Nacional, Millonarios, América y no sé cuáles otros, puedan tener profesionales en salud mental.

Pero el deporte debe ir más allá de la competencia o del resultado y esa misma pregunta debe trasladarse al deporte en formación, a las ligas deportivas, al Comité Olímpico Colombiano, al Ministerio del Deporte o al Sistema Salud, este último con una gran responsabilidad ya que la cifra de atención es cruel, dada la alta demanda. Pues si bien no existe una relación técnica; apenas al año 2024 se estimaba una densidad de 14 psicólogos por cada 10 mil habitantes y si miramos desesperanzadamente, un psiquiatra infantil por cada 4 mil pacientes en espera.

En tanto todo lo anterior, como profesionales, nuestra labor es blindar al deportista frente a este entorno, de miedo, de angustia, de pánico. El reto, pero no imposible de cumplir es enseñar; uno, que la mentalidad debe ser de crecimiento (Dweck, 2006), puesto que el valor de la persona no depende de un marcador, separando al ser del hacer.

Dos, el aprendizaje en autorregulación emocional. Es decir, entrenar la corteza prefrontal donde se albergan las funciones ejecutivas, para que incluso bajo el ruido de la presión externa, incluidas las apuestas y la presión social, el atleta pueda mantener su autonomía y auto determinismo.

Esta, es una invitación sana para que cada uno de los seres que creen que su proyecto de vida está en el deporte, se desarrollen siendo sujetos felices sin la necesidad de la comparación y la presión social y tampoco de exceder el límite de la auto demanda, que muchas veces se deriva en deserción, haciendo cosas o actividades que no disfrutan porque no pudo elegir sino cumplir unos parámetros y expectativas ajenas y en otros casos, aquellos que terminan en trastornos de la salud mental, como la depresión, como primera variable que a nivel mundial influye en el suicidio, que se concibe como un problema de interés en salud pública y que las más altas cifras de riesgo, según la OMS (2023), se encuentran en el curso de vida de los 14 (adolescentes) y los 29 años (adultos jóvenes).

En conclusión, el llanto de los jugadores bolivianos e italianos nos recuerda nuestra humanidad compartida. Educar en la tolerancia a la frustración es evitar que la historia de Andrés Escobar se repita en pequeñas escalas cada domingo. Como sostiene Goleman (1995), la verdadera victoria no está en el trofeo, sino en la capacidad de un ser humano para levantarse después de que el árbitro pita el final, entendiendo que su vida y su dignidad son más grandes que cualquier resultado.

Por: Liliana Bustamante Rave. Socia Acord Quindío

Fotos: Generadas con Inteligencia Artificial / Nano Banana