Hace poco reflexionábamos sobre lo distintas que son las navidades de ahora, haciendo referencia a ese tiempo esplendoroso de hace unos años, cuando las fiestas decembrinas tenían una magia, un ambiente tan bullicioso y tan alegre, que sería poco menos que imposible comprenderlas para los jóvenes de ahora.
Despedimos a diciembre y en un santiamén nos encontramos ya en la que se denomina Semana Santa o Semana Mayor, tradición religiosa de una Colombia católica en la mayoría de sus habitantes.
Ahora no sé si por la proliferación de iglesias o distintas creencias, o tal vez por los cambios evidentes en la concepción espiritual del hombre de hoy, esta tradición de celebración de Semana Santa ha sufrido un cambio tan profundo que, a pesar de seguir en el calendario y recibirse con mucho beneplácito, cada vez está más distante de la manifestación espiritual de aquellos tiempos.
A los chicos del presente les cuesta concebir que antes este era un tiempo de reflexión y de mucho respeto; unas fechas en la que existían costumbres tan particulares que las hacen imposibles para los que, aun siendo católicos, pertenecen a generaciones más recientes.
Se me ha dado por recordar que, en la semana de conmemoración de la Pasión y Muerte de Jesucristo, la preparación era con confesión y eucaristía previas; en la Cuaresma que son los cuarenta días previos, principalmente los viernes, no se podía comer carne porque esa abstinencia era una condición inviolable; había que hacer esfuerzos para poder adquirir ropa nueva para estrenar en la ocasión y la asistencia a cada uno de los actos litúrgicos principales. Los colegios y las bandas de guerra desfilaban en las procesiones por las calles más importantes de cada ciudad, ante multitudes que no querían perderse lo que era un verdadero espectáculo.
Además, los viacrucis constituían uno de los actos centrales del Viernes Santo con una preparación tan exigente que incluía grupos actorales e ingentes gastos para vestuarios y logística.
Ni qué hablar de la radio de aquella época: locutores, personal técnico y administrativo, éramos concentrados con un mes de anticipación para sacar el grupo actoral que debía grabar diferentes episodios bíblicos, escritos por guionistas especiales, casi siempre con origen en el sector periodístico. Estos episodios, que llamábamos Estampas de la Pasión, se intercalaban en la programación diaria desde el lunes santo hasta la media noche del sábado, con música religiosa exclusivamente.
En toda la semana era una afrenta al espíritu religioso el oír o poner al aire otro tipo de música y mucho más, dedicarse a otro tipo de actividades mundanas.
Hoy, hasta las procesiones se acabaron. La gente bebe, hace parranda o cuando menos, los días santos se dedican al descanso turístico. Muy pocos asistimos a los templos; casi nadie se entrega a la reflexión. Para evitar líos, las representaciones en vivo han sido prohibidas y quienes ayudaban en los templos ya no pueden ser admitidos porque las leyes laborales implican serios riesgos para la iglesia.
De manera que como están las cosas, el futuro de la Semana Santa en Colombia está bien comprometido; ni siquiera le apuntamos a lo de otros países como España, donde se extingue la fe religiosa, pero el espectáculo de las procesiones y las cofradías cada vez toma mayor relevancia.
Por: James Padilla Mottoa. Socio Acord Quindío
Foto: Generada con Inteligencia Artificial / Nano Banana
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