Hay silencios que no nacen de la debilidad, sino del miedo… y de la desigualdad.
Durante mucho tiempo, muchas mujeres aprendimos a callar. No porque no tuviéramos voz, sino porque sabíamos —en el fondo— que esa voz no siempre iba a ser escuchada, mucho menos creída.
Cuando al otro lado estaba el poder, el reconocimiento, el “nombre”, el peso de una trayectoria… el silencio parecía el único camino posible para sobrevivir.
Hoy, algo ha cambiado.
Las redes sociales han abierto grietas en esos muros que antes parecían intocables. Han permitido que muchas historias, que antes se quedaban atrapadas en la garganta, encuentren eco, respaldo y, sobre todo, validación. Hoy, denunciar ya no es un acto solitario: es un acto colectivo.

En lo personal, también viví ese dilema.
Hace algunos años, me enfrenté a una situación de acoso donde mi voz parecía diminuta frente a la de uno de los grandes “cacaos” del periodismo local. En ese momento, me pregunté —como muchas— qué valor podía tener mi palabra frente a la suya. Y elegí callar. Elegí seguir. Elegí protegerme como pude.
No fue fácil. Nunca lo es.
Era un hombre mayor, con poder, con nombre, con influencia incluso a nivel nacional. Cada vez que coincidíamos en algún escenario, buscaba la forma de quedarse a solas conmigo —por fortuna, fueron pocas veces— y, sin importar el contexto, invadía mi espacio, pegaba su cuerpo al mío. Una sensación que no se me olvida: asco.
Lo hacía incluso frente a sus escoltas. Y más de una vez me pregunté si ellos también eran testigos —o cómplices silenciosos— de muchas historias como la mía.
Y en los corrillos de eventos, ruedas de prensa o espacios informales, siempre se repetía lo mismo: “eso es normal en él”, “es su forma de actuar”… y otras tantas expresiones que, con el tiempo, se convirtieron en un coro que lo normalizaba.
Frases que terminaban justificándolo todo y normalizando
Frases que normalizaban lo inaceptable.
Porque no era su “forma de ser”.
Era el abuso de su poder para acercarse —sin consentimiento— a las mujeres.
En medio de ese entorno hostil, hubo alguien que marcó la diferencia: su secretaria. Una mujer de carácter fuerte que, conmigo, fue distinta. Nunca supo el papel que jugó para mí: me rescató en el momento más angustiante de toda esta historia.
Por trabajo, en esa época —justo durante los Juegos Bolivarianos 2005—, tenía que ir constantemente a ese medio de comunicación. Pasar de largo por su oficina no era una opción, era una obligación. Y uno de esos días ocurrió.
Fueron, sin duda, los minutos más angustiantes de mi vida. Ya había señales, “red flags”, y el miedo no era intuición: era certeza.
Me llamó a su oficina. Intenté evitarlo, como tantas veces, pero no pude.
Entré. Cerró la puerta.
Me senté frente a su escritorio. Temblaba. Aunque muchas veces he disfrazado el miedo con una risa nerviosa y palabras que salen sin control, por dentro estaba paralizada.
Él se sentó en el borde del escritorio. Se acercó. Demasiado.
Me tomó el rostro con sus manos.
Lo vi venir.
Y no sé de dónde saqué la fuerza, pero giré la cara. Sus labios terminaron estrellados en mi oreja derecha.
En ese instante, la puerta se abrió.
Era ella.
Su secretaria.
Mi ángel en ese momento.
Me levanté y salí. No caminé. Huí.
Después de eso, fue imposible no cruzármelo en distintos escenarios. Pero nunca más volví a estar sola.
Hoy miro atrás sin culpa, pero con conciencia. Entiendo que cada mujer transita estos procesos a su ritmo, desde sus circunstancias, desde sus miedos y también desde sus posibilidades. No todas podemos hablar en el mismo momento… pero eso no invalida lo vivido.
Ese personaje ya falleció hace algunos años.

Y aunque los detalles de otras situaciones —con él y con otros— sigan guardados, hay algo que sí quiero decir en voz alta:
Que nunca más el silencio sea la única opción.
Que nunca más el miedo pese más que la dignidad.
Y que entre nosotras —colegas, mujeres, periodistas— nos sostengamos para que ninguna tenga que atravesar esto sola.
Hoy tenemos herramientas.
Tenemos voz.
Tenemos espacios.
A mis colegas: usemos todo eso sin miedo.
Porque cuando una habla, abre camino para muchas más.
Y aquí estamos, para que ninguna tenga que atravesar esto sola.
Las abrazo con el corazón.
Porque esta conversación no es solo mía, sino de muchas.
Las y los invito a leer las columnas de mis amigas, colegas, socias de Acord Quindío, pero, ante todo, mujeres berracas y resilientes que admiro profundamente. Ellas, con sus notas editoriales, fueron las encargadas de motivarme, de empoderarme, de llenarme de valor para contar una historia tan difícil para mí, a pesar de que han pasado más de 20 años:
Jenny Andrea Giraldo Cárdenas
https://www.acordquindio.com/opinion/mujer-entre-la-noticia-y-el-silencio-impuesto/
Liliana Bustamante Rave
https://www.acordquindio.com/opinion/las-heridas-invisibles-en-el-entorno-laboral-el-eco-del-trato/

Por: Paola Morales Castaño. Socia Acord Quindío
Fotos: Generadas con Inteligencia Artificial / Nano Banana
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